17 de abril de 2008

Todo depende…

Mis lectores habrán notado que los últimos dos comentarios son ambiguos. Uno mira hacia el futuro con optimismo y en torno a las oportunidades tecnológicas. Otro analiza lo frágil de nuestra coexistencia social y especula sobre una posible hecatombe. Una vez más nos vemos en la disyuntiva de optar por lo lindo o lo feo, lo bueno o lo malo, el sueño o la pesadilla, un placer o un asco. Si nos toca decidir está bien; pero si alguien nos decide el destino, engrosaremos entonces las filas de atontados que caminan por inercia, la mirada baja, el estómago vacío, los huesos a punto de quebrarse y la maldición, la maldita maldición que acosa impertinente como sombra. Por eso la gente se ha inventado la ilusión del paraíso en lo invisible del universo. ¿Dura vida? No importa, alguien dijo que para los pobres habrá un reino; claro está, después que falte aliento para respirarlo. Así que más vale estarse tranquilito y cooperando, sin cavilar mucho en nimiedades como los millones que se despilfarran en la muerte de los vivos, en vez de invertirlos en los millones de impávidos moribundos.
Todo depende de la ingenuidad, desconfianza, resignación o de marcharnos al toque del unísono redoble. ¿Qué diablos importa si nos multiplicamos como insectos para revolotear en torno al mismo desperdicio? Entonces abundarán los teoremas y las fórmulas, las predicciones jeroglíficas y hasta los efímeros privilegios. Así que irremediablemente llegará el día en que la fragancia de la rosa olerá tan nauseabunda como la resaca de una luna llena. Es el simple anatema que preservamos por instinto para desentrañar la alucinación del tiempo, aunque todo depende…