¡Qué sensación tan humana! Un hormigueo sutil por la región céntrica del cuerpo nos obliga a detenerlo todo y salir en búsqueda de cualquier alimento. Ese aspecto nos une a todos los seres vivos del planeta. Y da lo mismo si se trata de un bípedo, cuadrúpedo, mamífero, coleóptero, artrópodo, o rizópodo, todos, absolutamente todos, en algún momento del día estamos destinados a compartir la misma... ¿sensación? Bueno, le llamaré “instinto” para no meterme en divagaciones conceptuales.
El caso es que tengo hambre y me dispongo a ingerir algún alimento atractivo a la vista, el olfato, el tacto, y por supuesto, al paladar. En realidad es algo muy simple. Tengo cientos de opciones alrededor, desde una simple manzana, a una variedad de suculentos platillos congelados de tres o cuatro combinaciones que incluyen hasta el postre. No entiendo por qué mi mundana necesidad de comer se ha convertido en la complicada operación de investigar la procedencia de mis alimentos y hasta la etimología de sus ingredientes. Yo era de los que pensaba que una vaca daba leche, el trigo crecía gracias al sol y a la lluvia, una gallina ponía un huevo y una manos candorosas amasaban la harina bien tempranito en la mañana para que el trozo de pan con mantequilla acompañara mi café con leche, los huevos fritos con jamón y de colofón alguna que otra fruta. Pero no, la industria alimenticia, en competencia desigual con la naturaleza, “fabrica” los alimentos con ingredientes sintéticos. Los animales engordan con hormonas para que estén consumibles en corto tiempo y ya de paso engorden también las ganancias de sus comercializadores. El otro día casi me caigo del espanto cuando leí que un jugo de toronja roja había sido coloreado con extracto de un insecto. Miles de miligramos de sodio junto a sabores y olores artificiales se le adicionan a los alimentos con el objetivo de hacerlos más atractivos, más baratos, más sintéticos. Ya el azúcar de caña es casi un objeto de museo; ahora utilizamos endulzantes engendrados y adulterados molecularmente. Intento leer los ingredientes de una simple galletita (¿qué daño puede hacerme una galletita?), pero descubro con horror una letanía de palabrejas impronunciables: Oleamidopropyl Dimethylamine Hydrolyzed; Proteína animal isotérica hidrolizada AMPD; Dihydrogenated Tallow Benzylmoniumchloride; Disodium Tallowaminodipropionate. Pienso que quien inventa estos nombres debe estarse riendo con solo imaginarse nuestra expresión estúpida al tratar de pronunciarlos.
Confieso que al comienzo de esta nota estaba hambriento, pero ahora, en la medida que profundicé en la problemática alimenticia he perdido el apetito. Quizás me vaya al mercado con mi computadora portátil para buscar el significado de los ingredientes de cada alimento, o simplemente ingiera un puñado de minúsculas uvas, siempre y cuando me aseguren que han sido certificadas “orgánicas” y provienen de nuestra hermosa naturaleza.
19 de abril de 2008
Tengo hambre...
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2 comentarios:
Hola Eduardo;
Gusto en leerte también.
Gracias por tus comentarios, espero ser participe de tus alfabetos, o por lo menos de uno.
A mi también se me ha quitado el hambre.
Una Abrazo
Eduardo:
Antiguo, sabio e irónico es el dicho ése de que "cerdo limpio nunca engorda". No menos sabio y resignado es este otro, también antiguo: "Ojos que no ven, corazón qu eno siente", que aunque no tiene nada que ver con la comida, se lo puede interpretar como que es ejor no saber lo que uno come, porque de lo cntrario se piede el hambre, como debió sucederte por unos segundos cuando escribiste el preocupante artículo sobre la comida químicamente producida. La verdad es que la comida, en toda edad, ha sido motivo de temores, y antes mucho más que ahora.
Me vendría bien en estos momentos uno de esos sandwiches cubanos tan famosos. La única vez que casi me morí de haber comido algo en New York fue después de dedicarle deliciosos mordiscos a uno de esos famosos bocadillos.
Stgo
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