¡Y parió Catana! Desde niño escuché esa frase cuando llegaba alguien a la casa en horas de la cena, o en una fiesta se aparecía un invitado con varios acompañantes. Con el tiempo deduje que dicho refrán se refería a un imprevisto y repentino aumento en la cantidad de personas reunidas y con un número determinado de comestibles para compartir. Así que si pensábamos devorar varios pastelitos y una gran cuña de pastel, ahora teníamos que conformarnos con porciones más pequeñas. Últimamente he leído que en varias partes del mundo la gente protesta por los altos precios de los alimentos. Aquí mismo, en el “país de la abundancia”, algunas tiendas ya regulan la cantidad que puede comprarse de ciertos productos. Como siempre, la gente busca causales y culpables. ¿Los precios de la gasolina? ¿Los conflictos bélicos? ¿El calentamiento global? ¿Un castigo de...? Da lo mismo, porque cuando un hijo les diga a sus padres que está hambriento, éstos saldrán dispuestos a conseguirle algo que comer aunque tengan que robarse un pan escondido en la camisa. Lo triste del caso es que la hambruna que se avecina fue previsible y evitable. La sobreexplotación de los recursos por parte de despilfarradores inconscientes, el consumismo desmedido de un puñado de sociedades industrializadas, la avaricia corporativa de vender más y ganar mucho más como quiera que fuese, ha sido tema de análisis, discusión y denuncia de infinidad de prestigiosos economistas. Recién los norteamericanos despiertan a una realidad hasta ahora escondida gracias a alucinógenos, estupefacientes, embriagues, anuncios publicitarios y medicamentos costosísimos que prometen la felicidad mientras no paren de ingerirlos: Para la gran mayoría del pueblo, el supuesto título de clase media no era más que un puñado de tarjetas crediticias de usureros legalizados y empleos de fábricas para los que no se requería un educación demasiado avanzada. Los empleos se fueron a lugares donde a los obreros se les paga menos, y las tarjetas llegaron a sus límites. Los precios siguen subiendo y no se puede derrochar todo como antes. Quizás ahora los norteamericanos comprendan que así vive la mayoría de la humanidad, y en la búsqueda de compasión por la crisis que se avecina, se sientan finalmente parte de ése mundo que tanto han explotado en nombre del progreso. Éramos pocos... y Catana parió seis billones, seiscientos sesenta y siete millones, quinientos sesenta y tres mil, novecientas veintiuna personas.
26 de abril de 2008
Éramos pocos...
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