2 de abril de 2008

El sol quema con la misma luz...

Ayer un viejo amigo me escribió para señalarme que había descubierto un gazapo en mi blog. Escribí en mi perfil, nada más ni nada menos que el apellido de Miguel de Cervantes con “S”. ¡Vaya error imperdonable para un plumífero empedernido y sempiterno estudioso de la obra cervantina! Una vez superada la humillación y después de flagelarme el resto de la madrugada con elucubraciones maléficas que incluyeron la posibilidad de cercenarme el dedo mal metido en el teclado de mi ordenador, comprendí las diferentes circunstancias en que solía escribir a máquina en la placentera soledad de mi salita destartalada de Cuba y las nuevas de esta tumultuosa realidad:
La mayoría de las veces me siento entre el bullicio de la cafetería de la universidad y me atraganto un pedazo de pizza recalentada acompañada de un café (también recalentado). Entre un grupo de cuatro o cinco libros, uno en francés, dos en español y dos en inglés, le abro un espacio a mi inseparable ordenador portátil. Mientras le doy forma a mi humilde bitácora, aprendo unas nuevas palabras en náhuatl, repaso el tema de una investigación etnográfica sobre el baile flamenco en San Antonio, garabateo unos apuntes del ensayo que debo terminar antes del lunes sobre la obra del prestigioso sociólogo español Amando de Miguel, que dicho sea de paso, con él tomo una clase; también comienzo la edición de un video para una presentación audiovisual de maestría sobre arte y folclor; ah, y casi se me olvidaba transcribir una entrevista para otro ensayo sobre lingüística y morfología del lenguaje.
Creo que después de releer esta entrada personal, con el fin de cerciorarme que no tenga errores demasiado espeluznantes que exacerben la ecuanimidad de mis amigos, les pido a todos mil disculpas por adelantado a causa de algún dedo resbalado que debí meter en otra parte.